Luca Arbore es actor, cantante, licenciado en filología en la Universidad de Nápoles y es vicedirector de la compañía de teatro Gliardenti
Luca Arbore en los canales de Venecia./ Fuente: Instagram
Lleva más de tres años en la compañía de teatro que nació de la asociación al Lab di teatro plurilingue dell’Università di Napoli Federico II. Para Arbore su conexión con el arte no es un mundo a parte, él siempre intenta que estén conectados: «creo que es la propia sociedad la que tiende a imponernos una división entre nuestras distintas facetas. En mi caso, intento no separarlas», nos contaba en su estudio desde Nápoles. Tiene una gran fuerza también su relación con España, la cual ve apegada a su Nápoles natal, porque ambas zonas estuvieron unidas en algún momento por aquello que se llamó ‘Imperio Español’. Y es que en sus obras quiere unir esos dos mundos de nuevo, ya que su formación está estrechamente ligada al estudio del teatro del Siglo de Oro, especialmente en verso.
Pregunta: ¿Cómo se relaciona usted con el teatro o las artes?
Respuesta: Siempre he tenido algo que me empujaba hacia esto. De pequeño me introduje en la música y empecé a hacer cositas, me adentré en el canto, y el teatro fue siempre algo esporádico. Nunca fui a clases, nunca me lo tomé en serio hasta hace unos años. Lo hago a la manera de los siglos XVI o XVII. Pero mi verdadero encuentro con el teatro se lo debo a un profesor español, Ignacio Loaeza, que llegó desde Nápoles y nos acercó a las raíces teatrales de la ciudad en una época hoy a menudo olvidada: el Siglo de Oro, cuando Nápoles formaba parte del virreinato español.
P: ¿Puedes profundizarlo?
R: A partir de ahí comenzamos a trabajar con la música y el teatro de ese periodo, descubriendo cómo ambas disciplinas estaban profundamente unidas: el teatro, en gran medida, era cantado. También pudimos comprender mejor la influencia mutua entre España y Nápoles, un intercambio cultural recíproco que marcó el desarrollo artístico de ambos territorios.
P: ¿Aquí nació la compañía, con estas ideas?
R: Sí. Actualmente contamos con una compañía, Gliardenti, asociado al Lab di teatro plurilingue dell’Università di Napoli Federico II, desde la que desarrollamos distintos proyectos escénicos. Aunque surgió como una iniciativa universitaria, con el tiempo hemos ido ganando autonomía para impulsar nuestras propias propuestas.
P: Cuéntanos más sobre la compañía.
R: En cuanto a la compañía, por el momento mantiene un vínculo con la universidad, ya que el proyecto se encuentra aún en una fase inicial —este es nuestro cuarto año— y necesitamos su apoyo, tanto económico como en infraestructuras para los ensayos. No obstante, esto no impide que estemos desarrollando, y que sigamos organizando en los próximos meses, iniciativas propias al margen del ámbito universitario.
En lo personal, formar parte del proyecto ha sido decisivo. Surgió en un momento en el que decidí implicarme sin demasiadas expectativas, y desde entonces, ha marcado una etapa especialmente positiva. En conjunto, ha sido una experiencia claramente beneficiosa, tanto en el plano académico como en el práctico, a través del teatro y la música.
P: ¿Cuál crees que es el futuro de la compañía?
R: Nos interesa especialmente desarrollar proyectos en España. Todo lo que hacemos incorpora siempre el español, ya que resulta fundamental para comprender el contexto cultural del Siglo de Oro. Aunque el público no entienda cada palabra, la combinación de lenguas permite seguir el sentido general de las obras, algo que también confiamos en que funcione fuera de Italia, incluido en España.
P: En un terreno más personal, ¿qué es para ti el arte o estar dentro de este mundo?
R: Para mí, el arte es una forma de vivirme plenamente. A través del arte expreso cosas que, en la vida cotidiana, probablemente no exteriorizaría o que quedarían reducidas a algo íntimo, como unas notas personales. Es un espacio donde puedo dar forma a esas emociones de manera más completa. Lo definiría como la posibilidad de vivirme al cien por cien.
P: ¿Consideras que Luka vive una dualidad entre su identidad como artista o actor y su yo más humano en la vida diaria?
R: Creo que es la propia sociedad la que tiende a imponernos una división entre nuestras distintas facetas. En mi caso, intento no separarlas: soy una misma persona que estudia filología, que canta y que hace teatro. Es cierto que, en determinados contextos, esa separación parece necesaria, pero mi intención es mantener siempre unidas esas dimensiones. De hecho, considero que pueden enriquecerse mutuamente. Mi vertiente académica no debería desligarse de la artística, y viceversa.
En ese sentido, la filología me ofrece un puente natural entre ambas. Trabajo con la palabra en todas sus formas: se estudia, se escribe, se interpreta y se canta. Por eso, más que ámbitos separados, entiendo estas facetas como partes de un mismo proceso creativo y personal.
P: En cuanto a una cuestión polémica e internacional. En una entrevista, Timothée Chalamet comentaba que disciplinas como el ballet, el teatro o el teatro musical son formas de arte bastante nicho, con poco público, y que él no se vería trabajando en ese tipo de ámbitos porque no le parecen suficientemente relevantes en comparación con el cine o la televisión. ¿Qué opina usted?
R: No es una cuestión nueva para mí, pero no comparto esa visión. No veo una diferencia esencial entre ser actor de teatro, actor de cine, bailarín o cantante: todo forma parte de un mismo ámbito artístico. Por eso, cuando una figura con tanta influencia —especialmente entre el público joven— hace este tipo de declaraciones, me parece desacertado. Conviene recordar que no somos máquinas ni deberíamos elegir una única vía en función de lo que se considera más útil o productivo socialmente. Si una persona encuentra en el arte —ya sea el ballet, la música o la interpretación— una forma de realización personal, no hay motivo para renunciar a ello. Incluso es posible compaginar distintas vocaciones.
También es cierto que, en los medios de masas, el público ejerce una gran influencia —como ya señalaba Lope de Vega—, pero eso no significa que los artistas deban convertirse en meros instrumentos: no somos máquinas a la merced del público. Aunque en Hollywood igual sí, igual él si lo está, ya está como formado para ser una máquina.
P: ¿Hasta qué punto la IA puede hacer daño al teatro?
R: En cierto modo, el teatro se mantiene relativamente protegido frente a esa supuesta amenaza, o al menos así lo percibo. Al contrario, creo que incluso podría contribuir positivamente en algunos aspectos, por ejemplo en el acceso a recursos técnicos o escenográficos mejor desarrollados cuando son necesarios. Pero ante todo, el teatro es un arte esencialmente vivo.
P: ¿A qué se refiere?
R: A diferencia del cine, donde la escena queda registrada y puede repetirse de manera idéntica, en el teatro cada representación es única. Aunque se trate del mismo texto o de la misma obra, nunca se interpreta exactamente igual: siempre hay variaciones, aunque sean mínimas. Esa condición de inmediatez y presencia lo convierte en un arte que ocurre en el momento y desaparece, que no queda fijado en ningún soporte. Se vive y, al mismo tiempo, se hace vivir. Por eso, mientras no lleguemos a escenarios en los que la interpretación dependa de máquinas o formas de inteligencia artificial plenamente autónomas, el teatro conserva su carácter humano y, en ese sentido, sigue estando bien “defendido”.
P: ¿Qué es lo más difícil de aprender?
R: Diría saber cuándo hablar. Eso para mí es difícil, porque yo nunca sé si algo que he dicho está bien o está bien dicho en equis situación.


